
Lo que comenzó en 1995 como una apuesta arriesgada y casi imposible, hoy celebra tres décadas como el festival gratuito de rock más grande e importante de América Latina. Rock al Parque cumplió 30 años de historia, consolidándose no solo como un templo musical, sino como un motor de transformación cultural y convivencia ciudadana en Bogotá.
Para entender la magnitud del festival, hay que recordar que en los años noventa la escena colombiana sobrevivía de forma subterránea, dispersa y sin infraestructura. De la unión de tres visiones nació la chispa: el deseo de la gestora Bertha Quintero, la necesidad del músico Mario Duarte (La Derecha) de exponer su arte, y la visión del mánager y productor Julio Correal, quien sabía que había una industria interesada.
“Vender la idea de crear un festival era casi imposible”, recuerda Correal. Sin embargo, esa irreverencia y el sueño compartido de ocupar escenarios públicos de forma masiva dieron origen a un modelo cultural sin precedentes.
De la precariedad a las grandes tarimas
Para las bandas icónicas que crecieron a la par del festival, Rock al Parque significó una profesionalización obligatoria. Andrea Echeverri, vocalista de Aterciopelados, rememora aquellos primeros años donde todo escaseaba: “Había unas bandas y había un movimiento, pero no había dónde tocar. No había instrumentos, no había ensayaderos… El festival fue creciendo y nosotros también”.
Más allá de la música, el festival representó una prueba de fuego social. En una época marcada por prejuicios hacia las culturas juveniles, Rock al Parque se convirtió en un ejemplo de paz. Dilson Díaz, la voz al frente de la mítica agrupación La Pestilencia, resalta este impacto: “Las administraciones entendieron que este es un espacio que nos pertenece. Le enseñó a otras ciudades del país que estos festivales ayudan a construir cultura y convivencia”.
La semilla de una «culturalidad»
Treinta años después, el festival sigue siendo la ventana de internacionalización más robusta para el talento colombiano, permitiendo que agrupaciones locales conecten con mercados del exterior. Agrupaciones como 1280 Almas destacan que la inclusión de la palabra “parque” en el nombre nunca fue casualidad; implicó una auténtica resignificación del espacio público.
Hoy, el festival es una política cultural de largo aliento que sigue conmoviendo tanto a los artistas como a los asistentes. En palabras de su cofundador Julio Correal: “A mí se me llenan los ojos de lágrimas cuando veo al público feliz, esa euforia de ver a su artista ahí arriba sin haber tenido que pagar nada. Eso siempre ha sido lo más importante”. El hijo irreverente de Bogotá creció hermoso y su memoria colectiva sigue escribiéndose a punta de distorsión, saltos y libertad.
